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Advocaciones

La Virgen de los Poyas y los Puelches


Revista Rincones de la Patagonia, N° 10, Pág. 218

La historia de la primera señal de evangelización en la Patagonia argentina.

En la primavera de 1670, y con la compañía de unos chonos cristianos, cruzaba la difícil geografía de la Cordillera de los Andes un inquieto y sacrificado misionero: Nicolás Mascardi. Su proyecto no era una tarea menor: fundar una nueva Misión jesuítica a orillas del "Gran Lago".
La historia había comenzado en 1666 cuando una patrulla española, realizando una de sus temidas "malocas" en tierras de nuestra Patagonia, consigue tomar como prisioneros a un grupo de poyas entre los que se encontraba la esposa de un importante cacique. Su nombre era "Huaguelen" (Estrella), pero se hacía llamar "Reina" en honor a su autoridad indígena.
Durante cuatro años el Padre Mascardi los visitó en el Fuerte de Calbuco (Chile) donde se encontraban prisioneros, realizando insistentes pedidos a las autoridades españolas para permitir su liberación. Mientras los hombres de la Compañía de Jesús mantenían un abierto enfrentamiento por la anulación de las "encomiendas" -sistema encubierto de esclavitud creado por el Gobierno de España- Nicolás Mascardi logró acercarse a estos indios poyas convirtiéndolos al cristianismo e interiorizándose, por su intermedio, de las costumbres y necesidades que tenían las naciones poyas y puelches que habitaban a orillas del Nahuel Huapi.
De esta manera concretó sus sueños, e inició un trabajo apostólico digno de la mayor admiración. En una humilde capilla, construida en la actual península Huemul, reunía a "sus" poyas y les enseñaba los primeros pasos de un camino que no estaría exento de sacrificios, e incluso, de su propio martirio (15 de febrero de 1674).
La "Misión Nahuelhuapi" o "Reducción de los Poyas" comenzaba a transformarse en una realidad.

Vocación evangelizadora

Este jesuita era un ferviente devoto de la Virgen de los Desamparados, razón por la cual en una de sus recorridas por la zona, construyó una segunda pequeña capilla de troncos, techo de arbustos y piso de tierra en la desembocadura del desagüe de la actual Laguna "Los Choros" en el brazo Última Esperanza. La denominó "Capilla de la Virgen de los Desamparados" y en varias ocasiones ofició misa en este remoto lugar.
Casi dos años después, en marzo de 1672, el Virrey del Perú, Conde de Lemos, quien también era devoto de la Virgen de los Desamparados le hizo llegar al Padre Mascardi una imagen original para entronarla en su Misión como recompensa a su gesta misionera. De igual manera, le hizo llegar algunas "niñerías" como: "...doscientos ducados de plata y unas medallas del mismo metal de "Nuestra Señora de los Desamparados" que había hecho acuñar para el 2 de febrero del mismo año en que se inauguró la capilla que había levantado en Lima para su culto."
La imagen recibida correspondía a la Virgen de Loreto y Mascardi la entronó en su Misión bajo la advocación de "Nuestra Señora de la Asunción de los Poyas". Con el correr de los años, el Padre Felipe de la Laguna la rebautizaría "Nuestra Señora de los Poyas y los Puelches" como gesto de unión entre las dos naciones indígenas.
El 14 de noviembre de 1717 un grupo de poyas rebeldes, al mando del cacique Manquehunai, atacaron la misión asesinando al Padre Francisco de Elguea y destruyéndola “hasta los mismos cimientos”. La iglesia, la casa de los Padres, las casas de los indios cristianos, establos, corrales; todo fue alcanzado por el fuego que transformó esta increíble historia de sacrificio y martirio, en un montón de cenizas.
Sin embargo, ocurre aquí un hecho que lograría mantener viva la historia a través de los siglos. Éste es el milagro de la supervivencia de Nuestra Señora de los Poyas y los Puelches que no es destruida en el incendio salvándose intacta: “sólo la Imagen de la Virgen, “la Señora Española”, por el objeto de su instintivo respeto o temor, la sacaron junto a la orilla del lago”.
La trágica noticia no tardó en llegar al Colegio de Castro a través de un grupo de poyas cristianos que, sobrevivientes del ataque, fueron presurosos en busca de ayuda. En Concepción, al conocerse esta noticia, se encontraba el gobernador interino don José de Santiago Concha quien “decidió darles su merecido a estos indios que hicieron tales atrocidades en la Misión Nahuelhuapi y que asesinaran al padre Francisco de Elguea”. En estas circunstancias había recibido ya el aviso de que su antecesor, el gobernador Don Gabriel Cano de Aponte, había llegado a Mendoza en tránsito para Santiago de Chile adonde arribaría en diciembre de 1717. Santiago Concha entonces, decidió embarcarse en esos mismos días con destino a Lima. Según refiere el Padre Olivares, este cambio de gobernadores fue la causa por la cual la orden de represalia contra los indios que cometieron la tragedia en Nahuel Haupi se fue postergando y, finalmente, no se llevó a cabo.

Dolorosa expedición

Sería desde Calbuco de donde partiría (principios de 1718) un expedición militar acompañada por el Padre Arnold Jaspers. El sargento mayor don Martín de Uribe al mando de 46 soldados y 86 indios llegó a orillas del Nahuel Huapi encontrándose con la Misión totalmente destruida por el incendio. El Padre Olivares recuerda: “se quedaron los indios sin escarmiento. (...), una indiecita de las que dije que tenían los Padres al tiempo de huirse de los indios, se escondió. A ésta hallaron, i dijo: que como tres días hacía que los indios se habían huido todos. Puede ser que por el ruido del volcán [refiere al Tronador] que se dijo, conociesen la venida de los españoles. Halláronle todo abrasado i el cuerpo del Padre Elguea quemado entre las ruinas de la casa. La santa imagen de la virgen junto a la laguna entre los matorrales, cubierta con un cuero de caballo”.
Por su parte el sargento mayor don Martín de Uribe refiere textualmente en su parte militar: “...indios de aquella Misión habían quemado y destruido la iglesia que tenían los padres misioneros, y arrojado las sagradas imágenes y el suplicante (a la encomienda de Chelín y Quilquico, es decir Uribe) penetrando diferentes riesgos, encontró: la milagrosa imagen de la Nuestra Señora de Loreto, que estaba escondida entre unos pellejos”.
Rescatado el cuerpo del Padre de Elguea bajo los restos de la capilla, el Padre Jaspers dio cristiana sepultura al sacerdote en el mismo lugar. El cuerpo estaba totalmente carbonizado, pero en su diestra se podía observar que aún mantenía el crucifijo apretado contra su pecho, la única arma que utilizó contra la barbarie indígena.
Luego de este acto, la expedición que comandaba el sargento mayor tuvo que regresar a Calbuco, y el Padre Arnold Jaspers, aun conmovido por la trágica escena recordaría “vi con dolor los pocos restos de la casa e iglesia, que el fuego no había consumido”. Regresó al Colegio de Castro llevando consigo la imagen de la Virgen de los Poyas y los Puelches que se entronaba en la malograda Misión.

La investigación

Durante más de cuatro años, quien esto escribe realizó una minuciosa investigación de las imágenes provenientes de la Escuela de Imaginería Hispana, así como el estudio de las Cartas Anuas, documentos e informes de los hombres de la Compañía de Jesús que habitaron el Reyno de Chile desde 1660 hasta 1767. La búsqueda en los archivos de Chile, así como la investigación en la Biblioteca y Archivo de la Compañía de Jesús en Roma, Italia, produjo que los caminos me llevaran hasta una pequeña isla en el archipiélago de Chiloé. La invalorable ayuda del profesor e historiador chileno Renato Cárdenas Álvarez, quien es el Director Académico del archivo Histórico de Chiloé, certificaría la veracidad de los hechos históricos.
Esta imagen, actualmente se encuentra entronada en la Iglesia de Achao (Chile) bajo la advocación de "Nuestra Señora de Loreto". Una réplica de ella fue realizada por un artesano chilote y entronada en la Catedral de San Carlos de Bariloche donde actualmente se venera.
Nuestra "Virgen de los Poyas y los Puelches" resulta ser el testigo silencioso del martirio de aquellos misioneros que trajeron por primera vez el cristianismo a la actual Patagonia argentina, y parecería demostrar en su rostro sereno, la satisfacción de la misión cumplida, mediante aquella proeza, casi olvidada, que llevaron a cabo los hombres de la Compañía de Jesús en el más infinito de los silencios.

 

 
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